Pekin
 
   
 

Debido a algún fortuito acontecimiento histórico, las naciones occidentales se basan más en un gobierno de ley, mientras que China, aún si posee un vasto código legal desde sus comienzos, favoreció más un gobierno del hombre o un comportamiento ético. Esta noción, durante el primer enfrentamiento militar importante contra China (la Primera Guerra del Opio en 1839-42), más la falta de un comportamiento ético por parte de los poderes occidentales, en este caso especialmente de los británicos, marcó por muchas décadas venideras la impresión que los chinos tienen del Occidente. La Primera Guerra del Opio no fue una guerra continua sino una serie de enfrentamientos militares a través de los años, a menudo en respuesta a eventos que en sí mismos no eran casus belli; sin embargo, el comercio del opio fue el fondo sobre el cual se desarrollaron los términos del comercio. A medida que el comercio entre China y Gran Bretaña continuaba a crecer durante los primeros años del siglo XVIII, era cada vez más evidente que los chinos tenían razón: los chinos tenían poco interés en el comercio ya que era poco lo que ellos querían del mundo exterior, sin embargo, había mucho que el mundo exterior quería de ellos y, por lo tanto, los británicos pronto se encontraron con un problema en la balanza de pagos. Los británicos poseían la mayor parte de la India y promovieron y cultivaron el uso del opio como un narcótico. A comienzos del siglo XIX, los británicos estaban exportando casi 5000 cofres de opio por año a China. Esta cantidad se cuadruplicó a comienzos de los años 1830, y el argento fluyó muy rápidamente fuera de China. Es importante mencionar que este comercio era totalmente ilegal y desde el 1800 que los chinos habían prohibido su producción e importación extranjera. Este era un comercio de drogas a una escala tal que reduce a los barones suramericanos de la droga a pequeños mercaderes de tiendas. Lin Zexu, uno de los héroes Chinos del siglo XIX, fue enviado a Guangzhou en Cantón para hacerle frente al problema. Este escribió una carta irreprochable a la Reina Victoria :

“Encontramos que su país está a sesenta o setenta mil li (tres li son una milla, generalmente) de China, sin embargo, hay naves bárbaras que se esfuerzan por llegar aquí para comerciar con el propósito de generar grandes ingresos. Los bárbaros usufructúan de la riqueza China, es decir, se apropian de la riqueza que es parte legítima de China. A cambio de esto, ¿con que derecho ellos utilizan su droga envenenadora en nuestra gente? Aunque sea posible que los bárbaros no tengan como intención perjudicarnos, al llevar sus ganancias al máximo de la ambición no tienen cuidado con hacerle daño a los demás.

Permítannos preguntar dónde está su conciencia. He escuchado que fumar opio está estrictamente prohibido por su país, ya que el daño que hace está claramente entendido. Desde que no está permitido hacerle daño a su país, entonces con mayor razón Usted no debería dejar que se le hiciera daño a otros países, ¡y mucho menos a China! De todo lo que China exporta a países extranjeros no hay ni una sola cosa que no beneficie a las personas: son beneficiosas cuando se les come, o cuando se les utiliza o cuando se les revende; son todas beneficiosas.”(1)

No se sabe si la Reina leería la carta, sin embargo los argumentos de Lin tuvieron mucho peso en Inglaterra. Por un tiempo el gobierno británico pareció horrorizarse ante las acciones de sus propios mercaderes, sin embargo, nombraron a un nuevo Superintendente de Comercio como oficial de gobierno que remplazaba al representante de la Compañía de las Indias Orientales; este nuevo oficial no tenía ningún control sobre los mercaderes, y tenía que proteger la integridad de la Corona británica. Se sucedieron eventos y muy pronto ambos lados se dieron cuenta de que era muy posible un enfrentamiento militar. Los británicos bloquearon Ningo, un puerto grande cerca de Shanghai, y navegaron hacia Tianjin, en donde mantuvieron negociaciones con los chinos. En enero de 1841 se llegó a un acuerdo, pero como muestra de lo distantes que se encontraban los unos de los otros, tanto el Emperador chino como el ministro de asuntos exteriores británico se pusieron furiosos con sus representantes por no haber conseguido un acuerdo mejor para sus respectivos países. Poco después de diez y ocho meses se firmó otro acuerdo, el cual fue tan injusto que aún hoy molesta a los chinos. Además de regalarle Hong Kong a los británicos y de arrendarles la península de Kowloon, el tratado de Nanking estipuló la apertura al comercio de Shanghai y de otros cuatro puertos costaleros, con derechos de residencia, y hasta incluyó un resarcimiento monetario para la Reina Victoria. También incluyó el siguiente artículo, que es de gran significado:

Está convenido que el Alto Funcionario en Jefe de Su Majestad Británica deberá corresponder con los Altos Funcionarios Chinos, tanto en la capital como en las provincias, con una relación basada en una perfecta paridad.

Aquí es donde realmente la China entra al mundo duro y sin escrúpulos de la diplomacia internacional; hasta este punto, como regla general, China había considerado a los otros países, como mucho, estados vasallos, o, cuando se veían amenazados por algún poder militar superior que no podían combatir, intentaban comerciar con él o chantajearle para poder escapar. Habrán de pasar otros veinte años, una destructiva ocupación de Beijing que aún hoy causa rencor y la relegalización del opio, antes de que los chinos instituyan formalmente lo que sería la oficina para el manejo de los asuntos relacionados con todos los países extranjeros, el cual fue su primer verdadero intento para una diplomacia de nación a nación.

De Ssuyu Teng y John Fairbank, China's Response to the West , (Cambridge MA: Harvard University Press, 1954), repr. in Mark A. Kishlansky, ed., Sources of World History , Volume II , (New York: HarperCollins CollegePublishers, 1995), pp. 266-69.

 
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